Ciudad Juárez intenta despertar de su pesadilla

Image“La cosa está ahora tranquila”; “está bueno Juárez, lo malo ya pasó”; “ya no se oyen balaceras como antes”… Los juarenses con los que hablo durante los dos días que duermo en la ciudad norteña del estado de Chihuahua coinciden en su diagnóstico. No es, desde luego, una encuesta científica, pero dice algo de una ciudad que durante mucho tiempo ha sido considerada como la “más peligrosa del mundo”. Unas frías estadísticas determinan ese ranking macabro.

Vaya por delante que mi visita a Juárez no la tenía programada.  Es más, no tenía intención de cruzar a México, aunque las ciudades fronterizas siempre han despertado mi curiosidad. Intenté buscar un lugar para quedarme en El Paso y finalmente apareció Hector César, un chico con el que intercambié un par de mensajes. En el segundo que recibí me dijo que ya no vivía en Estados Unidos y me preguntó si todavía estaba interesado en quedarme en su casa. Sus referencias en la página de Couchsurfing era muy buenas y no lo dudé un minuto. Menudo acierto.

Fijamos nuestro punto de encuentro al otro lado de la frontera. Desde la estación de autobuses hay muy poca distancia. Tan solo tengo que recorrer El Paso street y al final de esa calle está el puente que te lleva directamente a México. Salir del país es muy fácil, ni siquiera te piden el pasaporte. Otra cosa es entrar.

Camino con mi mochila y lo hago a contracorriente. Nadie avanza en mi misma dirección. Echo la vista atrás y veo una larga cola de gente. Todos con sus papeles en la mano, esperando que el oficial de turno no tenga un mal día y les haga perder toda la mañana respondiendo preguntas. ImagePor carretera, la fila para entrar a Estados Unidos también es bastante larga. Ningún coche avanza. Al fondo se ve la ciudad de El Paso y la bandera de las barras y las estrellas. Unos metros finales que se hacen interminables.ImageMientras avanzo por el puente internacional Paso del Norte que cruza el Río Grande (el nombre que le dan los norteamericanos) o el Río Bravo (según los mexicanos) no puedo evitar pararme en esa especie de territorio de nadie, en ese límite fronterizo que separa dos naciones radicalmente distintas.ImageDesde lo alto, a través de las verjas, se divisan varias pintadas en los márgenes del canal: mensajes dirigidos al vecino del norte.ImageLas pintadas hablan por sí solas entre muros, alambradas, y patrullas fronterizas.ImageEn la parte descendente del puente me topo con el primer oficial mexicano que me mira con cara de incredulidad: “¿De dónde vienes?”, me pregunta. Mi reacción en ese momento es de mayor sorpresa si cabe, pero actúo con naturalidad. “¿De dónde voy a venir si no es de El Paso?”, estoy a punto de decirle, aunque finalmente me ahorro el comentario.

Al rato me entero de que la frontera de entrada a México está cerrada. “Debe haber algún operativo en marcha” -me explica- pero no pasa nada; ya has cruzado”. En un tono muy cordial y relajado, me pide que le cuente lo que llevo en la mochila, lo que voy a hacer en Juárez y me pregunta si traigo algún paquete para alguien.  “Aquí dejamos entrar a todo el mundo”, asegura y se ríe porque he entrado por el lugar contrario sin que nadie me haya dicho nada.  “No te vas a querer ir de aquí, ya lo verás”, añade.

Mientras espero a Hector en la Avenida Juárez, repleta de farmacias, locales de comida  y algún que otro bar, un hombre de edad avanzada me saluda y empieza a hablar. Superadas las preguntas de rigor, me confiesa (no le cuesta mucho ) que después de pasar 30 años trabajando en la base militar de Fort Bliss, en El Paso,  poniendo alfombras le deportaron hace unos meses. No tenía papeles y todos lo sabían, pero alguien se chivó y acabó cruzando el tristemente famoso puente de Santa Fé, como también se conoce al paso fronterizo que acabo de dejar atrás.

“Volveré a intentarlo”, me dice, al tiempo que gesticula dando a entender que aquí apenas gana dinero.ImageEste relato es absolutamente personal y en ningún caso periodístico. No puedo engañar a nadie y sería absolutamente desafortunado hacer juicios sobre Juárez habiendo pasado apenas dos días y medio en la ciudad. Muchos compañeros han perdido incluso la vida por tratar de desvelar lo que está detrás de unas cifras que producen escalofríos.

En la fachada del Diario de Juárez cuelga este recordatorio del asesinato de uno de sus redactores. “El Choco” fue demasiado lejos en sus investigaciones sobre el narcotráfico y acabó pagando tanto esfuerzo con su propia  vida.DSCN0648La lucha entre los cárteles de Juárez y Sinaloa, los feminicidios, el crimen organizado, la extorsión, la violencia de los pandilleros, la corrupción de las autoridades y de la policía y la guerra contra el narcotráfico emprendida durante el gobierno de Felipe Calderón (de muy dudosos resultados, según percibo)  son piezas de un puzzle complejísimo que, muy a su pesar, ha puesto en el mapa a esta ciudad de un millón y medio de habitantes.DSCN0637Los tiempos en los que cada día se contabilizaban hasta 13 asesinatos han quedado atrás.  Desde hace algo más de un año, Juárez intenta despertar de esa pesadilla, aunque continúa teniendo muchos problemas. Aún hay decenas de mujeres que siguen desaparecidas. En muchos casos se perdió su rastro cuando salían de las maquilas, las grandes fábricas de producción que abundan en la ciudad y en las que trabajan por unos  pocos pesos.

En el origen de esta violencia machista tan atroz confluye el narcotráfico, la prostitución, la explotación y trata de mujeres, incluso el entretenimiento desalmado de algunos sujetos que después de violar a jóvenes adolescentes no tuvieron reparos en asesinarlas deshaciéndose de sus restos en el desierto. Nadie iba a ir buscarlas a pesar de la desesperación de sus familias. El silencio cómplice de muchos colectivos hizo el resto. Por eso  hoy no es difícil encontrarse con carteles como estos.photo-22La población de Juárez ha vivido durante todo este tiempo inmersa en una espiral de violencia. Algunos años (2009 y 2010) fueron especialmente complejos y salir a la calle entrañaba sus riesgos. Cerraron empresas, restaurantes, bares, y el turismo de entretenimiento, similar al que se mueve entre Tijuana y San Diego, desapareció de raíz, hundiendo los ingresos de muchos negocios.  Los estadounidenses dejaron de cruzar la frontera y aún hoy son pocos los que lo hacen.

Entre los amigos de Hector me encuentro con gente que recuerda con pavor esos años; hay quien dejó de salir por las noches, quien estuvo cerca de algún tiroteo; hay quien perdió a algún amigo o quien logró aislarse en su burbuja  y vivió ajeno al clima de psicosis reinante. De todo eso hablamos (también de otras muchas cosas intrascendentes y necesarias)  en el viejo y solitario bar Kentucky, cuna -supuestamente- del margarita y antiguo refugio de leyendas del Hollywood de la época dorada. La noche promete y aguantamos hasta el cierre.  DSCN0676Hector es el mejor de los anfitriones y le estoy infinitamente agradecido por haberme explicado Juárez y por haberme presentado a gente tan interesante.  Entre ellos a Pablo, promotor de un bazar cultural de libros, discos y antigüedades que se instala todos los domingos junto al monumento dedicado a Benito Juárez. Un bocanada de aire fresco para una ciudad que está literalmente patas arriba, con obras en todo el centro histórico, con un mercado que no ha recobrado el pulso de tiempos pasados y con  los antiguos locales de moda cerrados a cal y canto.DSCN0656El Juárez de las peleas de gallos ha existido y existe. También fue real el Juárez de la snuff movies ( grabaciones de los asesinatos).El menudeo de drogas  ha estado muy extendido, por eso los crímenes han acabado alcanzado a distintas capas de la sociedad. La extorsión de los cárteles a los empresarios  de todo tipo ha sido permanente y el olvido del gobierno central una constante. Hace dos años llegó a la ciudad un teniente coronel que logró “controlar” la violencia en Tijuana. Algunos vecinos dicen que su estrategia de seguridad pública está funcionando aquí también.

Ójala pueda regresar a Juárez dentro de unos años y vea todos esos cambios.  Algo se empieza a percibir ya en las calles.DSCN0646Espero también que alguien se de cuenta del talento de Héctor, que nunca se separa de su cámara de fotos, aunque lo suyo esté ahora más ligado a la enfermería.

Disfruto de cada minuto que paso en Juárez:  subido en un autobús de línea, volviéndome loco por no saber qué tipo de pan dulce escoger, paseando por la explanada de la gigantesca X que simboliza la Mexicanidad y ha dejado temblando el presupuesto local, engullendo tacos de chicharrón en el patio de Pablo, preguntando quién es el famoso Simón que tanto mencionan (una simple fórmula para decir sí)  o saciando el hambre de la madrugada en El Centenario. ¿Cuántos  burros de mole relleno de guacamole cayeron aquella noche?

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Antes de volver al Puente de Santa Fé nos detenemos en el borde de la frontera. En las lomas del lado norteamericano brilla la cruz de El Paso. Tan cerca, pero tan lejos.DSCN0672Han sido poco más de 50 horas en Ciudad Juárez, pero quizás una de las paradas más interesantes de este viaje que no pensaba extender más allá del territorio de Estados Unidos.  Es lo bueno de no estar sujeto a la rigidez del calendario, a poder improvisar sobre la marcha y tener la opción de  pasar más tiempo en lugares que merecen la pena. Corrijo: pasar más tiempo con gente que merece la pena.

Suerte, Héctor, en tus próximas aventuras y hasta pronto. photo-24

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